[Vos,
seguís
en una parte
de mí,
aunque pase
el tiempo.]
A vos.
Sí, a vos.
Como me gusta nombrarte.
Con que facilidad dejo caer tu nombre.
Con que facilidad te recuerdo.
Recuerdo tu aroma, tu piel.
Tu piel. Aunque ya no te vea, la tengo impregnada en mi piel. Piel que ya ha recorrido otras pieles, otros cuerpos. Piel herida y curada. Piel en la cual ya han besado, mordido, acariciado otros, otras. Piel en la cual, otros ya han dejado su aroma, su transpiración. Piel en la cual otros ya han acabado. Pieles con las que también soy feliz. Pero, porque siempre hay peros, de alguna forma, tu piel sigue estando en la mía aunque haya pasado tanto tiempo. Y aunque siga pasando, tu piel sigue en la mía. Así, como tu nombre en mi cabeza.
Y cada vez que puedo, te nombro.
Bajito, despacito, en silencio.
Como me gusta nombrarte. Con que facilidad dejo caer tu nombre en cada vaso de cerveza, en cada café, en cada ida y vuelta de mate, en cada cigarrillo, en todas las botellas de vino, en cada pañuelo, en cada polvo.
Con que facilidad dejo ver que tu nombre sigue en mi piel y tu piel en mi mente, y tu nombre en mi mente y tu piel en mi piel.
Con que facilidad le pregunto a la gente como se llama, para por lo menos, tener una excusa de nombrarte, recordarte, bien alto. Y no sabes la felicidad que me da cuando el mozo que me cae tan bien, tiene tu nombre. Y le pido una cerveza tras otra, y lo nombro. Te nombro.
Entonces me acuerdo de tu piel. Tu piel que todavía la siento adentro mío.
Ahora apareciste.
Como un rayo azul.
El azul me tranquiliza, porque me recuerda al mar. Y el mar me serena y me hace llorar de felicidad. Recordando que soy todo y nada.
Y ahora tu piel es azul. Tu sonrisa sigue siendo la más linda. Y quiero otras pieles, y me gustan otras pieles. Y quiero otros nombres, y me gustan otros nombres. Pero aún así, tu piel debe de ser mi favorita.
Como me gusta nombrarte de cerca, como me gusta tocar tu piel.